Origen del Método

El interés inicial en crear la técnica que ha acabado siendo conocida como el Método Romanowski nació a principios de los 90. Quedé muy intrigado al observar cambios sustanciales en pacientes que trataba, cuando accedía al sistema nervioso parasimpático. La observación de clientes temblando o haber escuchado sus relatos de “episodios” de temblores tras una sesión, condujo al deseo como podría recrear algo similar en la mayoría de las personas que en el futuro decidieran tener una sesión. Los temblores o sacudidas experimentadas durante este trabajo es el modo del sistema nervioso de liberar traumas y retornar a un estado parasimpático. Muchas personas cargan con traumas en diversos grados y viven en guardia frente al próximo trauma. Esto crea filtros en el modo de percibir el mundo dentro y alrededor de nosotros y con ello, comenzamos a crear patrones de pensamiento que sustentan esas “irrealidades”.

Aceptar el hecho de que cada una de las personas en el inicio, los clientes que experimentaron esos temblores, habían sido llevadas al “límite” de la incomodidad antes de alcanzar el umbral del dolor se convertiría en toda una tarea. Tomaría años comprender el concepto de “límite”  y una rutina básica pasó por años de pruebas error-acierto, hasta que el Método Romanowski se convirtió en lo que es hoy. Desarrollar una rutina básica tomó años y aún hoy continúa evolucionando.

Al principio, mi interés se centró en hallar un modo de trabajar con una persona el mínimo número posible de veces para generar el resultado deseado, la eliminación de dolores agudos o crónicos. Viajar a otros países arraigó ese deseo como la posibilidad de trabajar con una persona que quizá sólo iba a ver una o dos veces en total. El éxito se basaría en encontrar las posibilidades de llevar a una persona a sus propios límites autoimpuestos, reconocerlos y, quizá, rendirse a ellos.

Creo que se han realizado progresos en este sentido. De todos modos, para lo que no estaba preparado era para saber que existen otras posibilidades de que algo que realmente te cambie la vida suceda. Las personas comenzaron a experimentar transformaciones vitales en la hora que pasábamos juntos. Hasta el día de hoy, es difícil explicar qué sucede exactamente, quizá con estudios científicos podamos entender mejor esto. Las personas experimentan de tal modo un “estar en el momento presente” que gran parte de su atención se dirige hacia el presente, sin ningún deseo o conciencia del futuro o de repasar eventos del pasado. Otras hablan de la eliminación de “máscaras”, como si los filtros que usaban hubieran sido quitados, viendo y existiendo en una realidad diferente en el mismo mundo. La facultad de este trabajo de quitar la “etiqueta”, creada por el yo, produce sensaciones internas de cambio que abren nuevas posibilidades de existir en el mundo. Cuando la sensación interna cambia, el entorno externo es percibido con menos filtros.
Sea lo que sea que sucede, he continuado con esta forma de trabajo. Pero éste no es para todo el mundo. Cualquier persona que se plantee someterse a una sesión o serie de sesiones, necesita entender que el contacto entre el terapeuta y el cliente se desarrolla justo al borde del umbral del dolor. No puede prometerse que sea posible esperar que una persona no experimente dolor alguno durante la sesión, pues los límies van a ser explorados. El o la cliente, en todo caso, debe también comprender que es responsable de indicar que el umbral del dolor ha sido cruzado, pues a veces es difícil para el/la terapeuta saber desde su lugar de observación que restricciones o inflamaciones en los tejidos se han vuelto dolorosas.

Tambiñen he tenido que aceptar que este método, en algunos casos, se ha convertido en sinónimo de dolor. No es la forma ideal de ser reconocido. Pero los numerosos resultados me han mantenido en esta singladura continua, para saber por qué tenemos esta habilidad de acceder a cambios sustanciales sólo a través de la exploración del malestar físico. Recibir este trabajo ha sido transformador en mi vida y sé que cada vez que me sorprendo a mí mismo en un asunto sin resolver, es hora de tumbarme en la camilla.
 

Jeff Romanowski